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MORIR POR AMOR= RACIONALIZAR LA VIOLENCIA EN CONTRA DE LA MUJER

El pasado mes de julio en esta ciudad un joven de 18 años asesinó a la mujer de quién estaba enamorado porque ella no quiso ser su novia. En ese momento todos nos preguntamos cómo era eso posible. Matar a una mujer, a una persona, por una razón tan fútil nos parecía ridículo, impensable, imposible. El crimen pareció detener la atención de los habitantes de esta ciudad por unos días pero después la noticia pasó y, mayoritariamente se olvidó.

Y a ese “¿por qué?” el día de hoy (19/10/2015) el diario Mural da una respuesta. Tal vez de manera involuntaria, pero la explicación de este lamentable suceso viene incluida en una columna de Juan García de Quevedo titulada “Morir por Amor”.

En su nefasta pieza, el autor manifiesta que cuando un hombre es engañado por su amada “Siempre he pensado que los más racional es que el ofendido mate a la mujer infiel o a los dos.” En ese orden, primero a la mujer y después, si le place, al amante. Pero en primera instancia a la mujer- ella es la que se va sí o sí. Insiste el autor en señalar que “[…] esto que acabo de describir implica de hecho un acto de reflexión: me casé con la mujer equivocada, era una mala mujer, se fue a la cama con cualquier imbécil y por tanto no vale nada […]” (énfasis añadido).

Nótese de nueva cuenta: quien no vale nada no es el amante masculino, es la mujer. Es ella la mala mujer. Supongo que el hombre sonsacador en la mente de nuestro columnista es un gran conquistador que le ganó la partida al engañado o algo por el estilo- porque la mala, la mala, es la mujer.

Para cerrar con broche de oro, señala el columnista que “el que mata y se mata es una especie de Romeo, con la diferencia que no es el destino tramposo el que rompe ese pacto de amor. Estos a los que me refiero son los Romeos con mala estrella, Romeos equivocados en su elección, Romeos que amaron a quien no debería amar y esa equivocación hizo de su vida algo inútil como el infierno.” El último párrafo, en tono de reproche: “Aquí en México, hasta donde sé, se mata al hombre, se huye y se piensa y se cree que se hizo justicia.”

Sí, como usted lo lee- la dignidad de la mujer no vale nada frente al orgullo herido del hombre, más vale que ella muera asesinada por haber sido amada sin que eso debiera suceder que siga viviendo e infamando la vanidad masculina (con su sexualidad) liberada de la relación matrimonial. Para hacer justicia quien debe morir es la mujer, no el amante masculino. Es ella el pecado. Es ella lo impuro. Es ella quien es desechable.

Cuando uno lee este tipo de columnas no es difícil entender por qué la violencia contra la mujer está desatada en nuestra comunidad. Hombres que plantean que “ser hombre de verdad” es matar a esa que te pone el cuerno, mala mujer, son (¿somos?) quienes hemos perpetuado la violencia en contra de la mujer que está corroyendo por dentro a nuestra comunidad. A la luz de esto, el asesinato del pasado julio (y tantos otros) cobra sentido: son acciones lógicas, positivamente sancionadas por una cultura misógina que rechaza la idea de dignidad de la mujer, porque ellas- las potencialmente malas mujeres- son posesiones, son objetos con los que se juega, con los que se disfruta y en caso de ser necesario, se desechan.

Es momento de decir basta. Basta ya de estas sandeces. Debemos entender que las mujeres no son propiedad de los hombres. Debemos entender que la dignidad de cada una de las mujeres de este mundo no vale más ni menos que la dignidad (o la vanidad de seductor) de cualquier hombre. Somos iguales en derechos y obligaciones. El primero de ambos es el respeto/reconocimiento de la dignidad.

Todos los hombres debemos preguntarnos si nos gustaría que a las mujeres de nuestra vida- nuestras madres, abuelas, hermanas, novias, esposas, hijas, nietas- fueran tratadas con el romántico desdén con el que Juan García de Quevedo trata a las “malas mujeres”. Es momento de entender que esta actitud de desprecio es un corrosivo veneno que está acabando con nuestra comunidad.

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