Informe GIEI: México en Decadencia

El día de ayer el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes establecido por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para investigar el caso Ayotzinapa en México vino a confirmar lo que de alguna manera se sospechaba: que el trabajo de la PGR en el caso Ayotzinapa ha sido deficiente (por decir lo menos).
Para poder dimensionar de manera adecuada este informe me parece que hay dos ángulos que debemos considerar. Por un lado, la perspectiva política en el manejo del caso Ayotzinapa. Por el otro lado, el valor que tiene la idea de los derechos humanos en nuestro país (pensando los derechos humanos en clave de dignidad humana).
En primer lugar- y respecto del ángulo político del manejo de la crisis los mexicanos debemos de preocuparnos. Desde el primer momento la administración presidencial ha tratado de insular al Presidente. Ha sido tal el esfuerzo de “proteger” al Presidente que Enrique Peña Nieto en escasas ocasiones ha mencionado la palabra “Ayotzinapa”. Ha sido más importante mantener al primer mandatario libre de mancha que resolver el problema. Y lo peor: esta estrategia ha resultado hasta ahora un éxito rotundo. El Presidente se ha visto más preocupado por la “casa blanca”, por la fuga del Chapo o por aclarar la orientación de sus calcetinos que por los estudiantes desaparecidos (en los primeros tres casos ofreciendo explicaciones, mientras que en el último apenas ha abordado el asunto).
Sin embargo, los infructuosos esfuerzos por reducir la visibilidad del problema al máximo posible- descartando en un principio que fuera un asunto relevante y, posteriormente, la clausura de la investigación de manera acelerada ha generado un problema que no es menor. El resultado de estos esfuerzos ha sido la infame “verdad histórica” del entonces Procurador Jesús Murillo Karam que no solamente ha dado un golpe de muerte a la credibilidad de las instituciones, sino que han reducido a la Presidencia a una ventanilla de asuntos positivos. De tanto proteger al Presidente, se está acabando con la Presidencia. Enrique Peña Nieto parece olvidar que a quien elegimos los mexicanos fue a él, no a sus subordinados y a quien volteamos para encontrar liderazgo es a él, no a sus subordinados.
En segundo lugar, se está evidenciando el vacío en materia de cultura de protección y garantía de derechos humanos que enfrentamos en México. Esta cultura no puede ser calificada más qué de una cultura decadente.
El historiador francés Jacques Barzun señalaba que para identificar si una cultura se encontraba en decadencia un historiador tenía que encontrar “Una abierta confesión de malestar, por la búsqueda en todas direcciones de nuevos artículos de fe […] Cuando la gente acepta la futilidad y el absurdo como normal, la cultura es decadente. El término no es un insulto; es una etiqueta técnica. Una cultura decadente ofrece oportunidades principalmente al satirista…” .
El día de ayer en su conferencia de prensa la Procuradora Arely Gómez apenas mencionó el tema de derechos humanos. Abordó el asunto de Ayotzinapa como si hubiese sido un delito cualquiera de los que pasan muchos en México (tristemente lo es). Pero el lenguaje sencillo, inocuo, alejado de cualquier relación con lo infamante de las violaciones cometidas hace casi un año en Iguala no corresponde con la realidad. El gobierno se encuentra cómodo abordando graves- gravísimas- violaciones de derechos humanos como si fueran simples hechos comunes. E insisto- esta vez sin paréntesis- son hechos comunes, pasan a diario en México. Y eso parece no quedar registrado en nosotros, los mexicanos. Insistimos en tomar cada una de estas masacres como su fueran un asalto más o un desastre natural inevitable. El gobierno, los narcotraficantes, nos han tomado la medida. Como muestra un botón: en la infructuosa búsqueda de los normalistas después de la masacre se encontraron ¿10, 20, 30? fosas comunes en los alrededores de Iguala y no hemos pasado de hablar de los 43- esos muertos con rostro- a los otros cientos de muertos sin rostro que se encontraron y quedaron tan solo como nota contextual de la búsqueda de los normalistas. Es decir, como alerta Barzun, en México aceptamos la futilidad y el absurdo como algo normal.
Pero no solo eso. Hemos empezado a dejar de creer en los derechos humanos. Buscamos soluciones en otros lados. Por ejemplo, cuando los padres de los normalistas, en la justa expresión de su ira y desazón ante la ausencia de respuestas, pedían que se cancelaran los comicios en el estado de Guerrero mostraban que han dejado de creer en los derechos de los demás. La violencia que se ha presentado por parte de los propios normalistas en algunas de las manifestaciones posteriores a la desaparición- que escaló al grado de impactar un autobús contra la reja de un cuartel militar- muestra que los derechos humanos no son el horizonte que guía el actuar. Otro ejemplo: Una connotada profesora de la universidad en la que trabajo llegó incluso a sugerir (desde una perspectiva sociológica, según justifica) que la violencia que pudieran ejercer los normalistas en sus manifestaciones estaba justificada como consecuencia de la violencia de la que ellos eran víctimas. Es decir, estamos dejando de oponer los derechos humanos a la violencia. Empezamos a justificar la violencia que se ejerce contra la violencia y esto- en términos de Barzun- nos está acercando peligrosamente al barbarismo.

El gran fracaso de esta administración que prometió “Mover a México” es que en el afán de proteger al presidente- la persona- radica en que no solamente no se está moviendo al país a ningún lado, sino que uno de los avances más significativos que habíamos ido construyendo como sociedad- la cultura de los derechos humanos- se está degradando por la ausencia de liderazgo de quien los mexicanos elegimos precisamente para eso, para ser líder.
Sin duda el informe debe ser la piedra de toque para exigir justicia en el caso Ayotzinapa. Pero me parece que puede servir para mucho más- tiene que ser una herramienta para que los mexicanos exijamos a nuestro Presidente- la persona y la institución- empiece a actuar como tal. No basta con “girar instrucciones”. El Presidente debe dar la cara. Debe explicar el fiasco de la investigación de la PGR. Y, más importante aún, debe abandonar el lenguaje de “los lamentables hechos”, de “esos actos que indignan a los mexicanos” y empezar a hablar de las graves violaciones a derechos humanos perpetradas por narcotraficantes y agentes del Estado.

*Originalmente publicado en http://www.politeius.com

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