Crítica y Democracia: El Arte de No Ser Gobernado Tanto

Esta semana me crucé en la página de internet de la revista The New Yorker con un artículo acerca de la critica negativa en el arte y la literatura escrito por Richard Brody. El autor del artículo en cuestión plantea que la crítica negativa en el arte no es necesariamente mala. Sin embargo, precisa:

“La crítica negativa es tanto un requerimiento del sistema nervioso- incluso del alma- como es parte del trabajo de un crítico, una responsabilidad para con sus lectores. Pero el hecho de que así lo sea- la negatividad es abordada tanto para salvar la salud mental de uno como para poner el pan sobre la mesa- es una razón más para que los críticos sometan sus propios juicios a cuestionamiento, para que asuman sus propias reacciones como una parte crucial de lo que deben de considerar, reevaluar y someter a su escepticismo. Es crucial que los críticos reconozcan su actividad como la empresa individual que es. Si la crítica es conversión de la segunda (el juicio del crítico) en la primera, entonces el juicio debería, a su vez, ser juzgado. La crítica, si va a servir de algo, es en primera instancia, autocrítica.”[1]

Me parece que podemos trasladar el espíritu de este planteamiento a la crítica política y al debate público. Al cuestionar a un actor político, una propuesta de política pública o a una institución pública tenemos que ser cuidadosos de tener en cuenta que nuestra reacción al evento o actor que vamos a criticar debe ser integrada al proceso de análisis de la critica. Al respecto, Michel Foucault estableció que:

“La crítica [critique[2]] solamente existe en relación a algo distinto a sí misma: es un instrumento, un medio para un futuro o una verdad futura que no conocerá ni constituirá, supervisa un dominio que quisiera vigilar y que no puede regular. Todo esto significa que es una función subordinada en relación a lo que la filosofía, la ciencia, la política, el derecho, la literatura […]positivamente constituyen.”[3]

Si esto no se hace así, corremos el riesgo de que la crítica deje de ser un medio y se convierta en un fin en si mismo, lo que degrada la calidad del debate público. Me parece que en México tenemos un serio problema en este sentido. Una parte importante de la crítica política que se hace en nuestro país parece tener como objeto vender portadas de periódicos, no generar una reacción constructiva en la sociedad. Y cuando el objeto no es vender, el objetivo es desarticular la imagen de un rival político. Cuando se cuestiona al respecto, la respuesta estándar gira en torno a la libertad de expresión- lo cual tiene su parte de verdad, en un sistema democrático uno puede decir prácticamente lo que se le antoje. Pero  es importante subrayar que empaquetar un ataque o un cuestionamiento sin fundamento como crítica no lo convierte en critica auténtica propia de una democracia.[4]

Muchos de estos opinadores individuales- y los medios de comunicación desde la perspectiva empresarial- se han salido con la suya generando este debate público de bajísimo nivel (y haciendo eco del vergonzoso tenor de los miembros de nuestra clase política) debido a que los ciudadanos no solo hemos tolerado el chismorreo, sino que lo hemos consumido y replicado ávidamente.

Ahora que estamos por iniciar un nuevo sexenio- y particularmente a la luz de los duros cuestionamientos que se hacen sobre la legitimidad de la elección  y el desencanto generalizado con nuestro sistema político- los ciudadanos podemos hacer mucho por nuestra democracia si nos esforzamos por privilegiar la crítica auténtica que se construye como un medio para fortalecer a nuestra comunidad.

Esta no es una tarea sencilla. Reconocer la crítica honesta- y hacer juicios críticos certeros y objetivos- es algo que requiere mucha práctica y aprendizaje continuo. Es, en cierto sentido, un proceso de prueba y error. Como lo establece Richard Brody:

“No existe un método único para practicar [yo agregaría, reconocer] la crítica, ninguna técnica para prescribir, ni un tono único para recomendar […] Es un asunto de sensibilidad y sensitividad.”[5]

Sin embargo, me parece que podemos aproximarnos a este ejercicio desde la simple- pero no sencilla- definición de crítica que planteaba Foucault, que en alguna ocasión la caracterizó como “el arte de no ser gobernado tanto”[6] y abundó,

“Crítica significa poner sobre la mesa derechos universales e incontrovertibles frente a los cuales todo gobierno, cualquiera que sea […] debe someterse. […] es el movimiento por el cual el sujeto se da el derecho de cuestionar la verdad en sus efectos de poder y cuestionar al poder sobre sus narrativas [discourses] de la verdad.”[7]

De nueva cuenta, esta no es una tarea fácil. Ni es una tarea homogénea. Pero es una tarea que urge en el contexto de nuestro sistema democrático. Y es también de suma importancia que no dirijamos nuestra crítica tan solo a los actores políticos. Me parece que es tiempo de que cuestionemos también a los críticos. Como ya hemos visto, sus juicios también deben ser sujetos de crítica- especialmente cuando la autocrítica brilla por su ausencia. [8]

Quienes pretenden generar tendencias de opinión no pueden ser ajenos al escrutinio de los ciudadanos. Pero este escrutinio debe hacerse con cuidado, para evitar caer en la tentación de la censura. Hacer crítica no es silenciar.

Finalmente, quisiera cerrar con una nota de precaución:

“[…] es ingenuo pensar que las observaciones negativas no tienen un efecto en la psique o en la carrera de los artistas [en nuestro caso, actores políticos, opinadores e instituciones], por lo que los críticos deberían considerar lo que conlleva recuperarse de las heridas que provocan antes de infligirlas.”[9]


[1] “Negative criticism is as much an obligation of the nervous system—indeed, of the soul—as it is a part of the critics’ job, a responsibility to readers. But the fact that it is so—that negativity is undertaken both to save one’s sanity and to win one’s bread—is all the more reason for critics to submit their own judgments to questioning, to take their own reactions as a crucial part of what’s under their own consideration, reëvaluation, and skepticism. It’s crucial for critics to acknowledge their activity as the personal enterprise that it is. If criticism is the turning of the secondary (the critic’s judgment) into the primary, then the judgment should, in turn, be judged. Criticism, if it’s worth anything at all, is, first of all, self-criticism.”

[2] En el presente texto, al escribir “crítica” me referiré al vocablo en inglés “critique” que es diferente de “criticism” distinción que, hasta donde tengo entendido, no se hace de forma tan contundente en el idioma español.

[3] “Critique only exists in relation to something other tan itself: it is an instrument, a means for a future or a truth that it will not know nor happen to be, it oversees a domain it would want to police and is unable to regulate. All this means that it is a function which is subordinated in relation to what philosophy, science, politics, law, literature, etc. positively constitute.”

[4] Un buen ejemplo de esto es el “cuestionamiento” de Carmen Aristegui a Los Pinos sobre el supuesto alcoholismo del Presidente Calderón- en donde la periodista asume como propia la duda, pero no solo no aporta pruebas, sino que arroja la carga de la prueba al acusado de alcoholismo. El video del cuestionamiento puede ser consultado aquí: http://aristeguinoticias.com/el-comentario-de-aristegui-sobre-la-salud-de-calderon-que-crispo-a-los-pinos/

[5] “There’s no particular method for practicing criticism, no technique to prescribe and no tone to recommend […] It is a matter of sensibility and sensitivity.”

[6] “I would therefore propose, as a very first definition of critique, this general characterization: the art of not being governed quite so much.”

[7] “Critique means putting forth universal and indefeasible rights to which every government, whatever it may be […] will have to submit. […] I will say that critique is the movement by which the subject gives himself the right to question truth on its effects of power and question power on its discourses of truth.”

[8] Indudablemente, la labor crítica de los ciudadanos debe empezar y terminar siempre con la autocrítica.

[9] “[…]it’s näive to think that negative reviews have no effect on artists’ psyches or careers, and critics should consider what it takes to recover from wounds before igniting them.”

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Una respuesta a “Crítica y Democracia: El Arte de No Ser Gobernado Tanto

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