¿Qué Hacer con los Ex Presidentes?

“To leave positions of great responsibility and authority is to die a little, but the time comes when it must be faced.”

Dean Acheson

Una de las facetas más duras de la democracia es el final de un mandato. A pesar de la existencia de reelección en algunas democracias,  si hay algo cierto en un sistema democrático es que todos los mandatos llegan a su fin. Los votantes, tarde o temprano, decidirán colocar a alguien más en el puesto. Esto es especialmente duro en el caso del Presidente- pues de ser uno de los individuos con una perspectiva más amplia de la realidad del país y con la influencia suficiente para generar cambios transita al estatus de ciudadano, conservando su privilegiada apreciación de la realidad nacional, pero perdiendo gran parte de su capacidad de influir.

En el caso mexicano, a partir de que se logró la entrega del cargo presidencial al sucesor de forma ordenada y sin sobresaltos mayores, un elemento fundamental que se añadió fue la virtual desaparición del Presidente saliente. Esto se debió a que el régimen del PRI era, como la calificó Daniel Cosío Villegas, una “monarquía sexenal absoluta” y en un régimen así solamente cabe una cabeza y no tienen lugar los anhelos de un liderazgo que ya no es. Con el objeto de lograr esto, el ex-mandatario era desterrado de la vida pública del país.

Si bien, esto tuvo la virtud de eliminar una fuente de inestabilidad recurrente que debilitó al Estado Mexicano de forma importante durante el siglo XIX (notoriamente, Antonio López de Santa Anna), también generó que se perdiera la articulación de la idea de “La Presidencia” – tanto a nivel institucional como en la conciencia de la población. Al reinventarse cada seis años la forma de dirigir al país se inhibió la generación de un hilo conductor en la forma de interpretar al Presidente.

A partir de la materialización de la alternancia política en la Presidencia, me parece que hemos cometido el error en la construcción de nuestro sistema democrático de desperdiciar el importante activo que representa la figura del ex Presidente. La reserva de experiencia con que un individuo deja el cargo presidencial es muy amplia- está conformada no solo por información privilegiada acumulada a lo largo del sexenio, sino de una perspectiva labrada a partir de intentos por ejercer el poder y la influencia de la Presidencia en aras de construir un proyecto político. Sin duda, el ocupante de Los Pinos, actores políticos diversos y los ciudadanos podemos servirnos de aquello que se lleva el ex mandatario  consigo.

Considerando la legitimidad democrática con que se accede a la Presidencia actualmente la necesidad de desaparecer al ex Presidente de la escena política ya no existe- por lo que sería positivo labrar un espacio político para quien no ejerce el poder pero lo conoce como pocos llegarán a conocerlo.

Una importante tarea que debería asumir un ex Presidente es la de erigirse en figura que fomente la unidad en el seno del sistema político. Es importante recordar que el Presidente es el único funcionario impulsado al cargo con el voto de todos aquellos que están facultados para participar en los comicios. En este sentido, es posible afirmar que es la única figura política verdaderamente nacional. Mientras que los legisladores responden a distritos y los Ministros de la Suprema Corte no son electos por voto popular, el individuo que accede a la Presidencia responde a todos de forma directa- y, desde mi perspectiva, debe seguir haciéndolo aún cuando deja el encargo con respecto a lo relacionado con su Administración.

Por ello, el ex mandatario debe ser una voz de serenidad en el diálogo nacional. Siendo una de las pocas personas que conoce la presiones a las que se ve sujeto un mandatario- y los duros dilemas a los que éste se enfrenta- debe ser quien llame a ser ecuánimes en las críticas al Presidente como figura, como institución y como individuo- aún cuando no coincida con sus políticas públicas. Debe ser quien privilegie el contexto con el fin de matizar el análisis la realidad.

Esto no significa que renuncie a sus preferencias partidistas- al contrario, un ex Presidente debería ser una voz importante en el desarrollo de propuestas de políticas públicas de su partido- sino que se conduzca de una manera que fomente la articulación de un diálogo constructivo en oposición a utilizar expresiones que generen disenso. Un lamentable ejemplo de esto es el ex Presidente Vicente Fox quien desde que dejó el cargo no ha dejado de ser una constante fuente de polémica, con declaraciones que tienden a atacar a algún actor político (generalmente, a Andrés Manuel López Obrador) y a defender su gestión contrastándola con la actual[1].

Construir este nuevo nicho para los ex Presidentes es una labor que tomará tiempo y que dependerá tanto de los ex Presidentes como del Presidente en funciones (no me refiero específicamente a Felipe Calderón, sino en general), pero creo que es una labor que puede ser muy útil para fortalecer nuestro sistema político. Por una parte, quien ocupe la Presidencia debe tener la disposición para recurrir a sus sucesores en momentos en los que tenga dudas sobre el proceso a seguir o requiera una palanca de apoyo con prestigio suficiente para atraer a actores políticos relevantes- tanto a nivel nacional como internacional- hacia un proyecto de política pública. Por su parte, quienes ya tuvieron el honor de presidir al país deben ser lo suficientemente maduros para aceptar que ya no son protagonistas de la vida nacional pero que, paradójicamente, por su particular perspectiva y experiencia su opinión no solamente es relevante, sino necesaria, en el decurso del diálogo político en el país. Asimismo, deben estar dispuestos a colaborar son su sucesores cuando éstos lo requieran.

Me parece que lograr esto será positivo para la vida democrática del país, ya que a través del trabajo de los ex Presidentes se puede generar un diálogo en torno a la naturaleza real de la Presidencia como institución (que trasciende a quien la ocupa)- sus retos, sus ventajas, sus desventajas y sus beneficios. Es importante acabar con los mitos que giran en torno a ella- particularmente lo referente al poder que se atribuye al Presidente. La mejor forma de lograr esto es haciendo patente como funciona y a que se enfrenta esta institución. Sin duda, los mejores agentes para ello son quienes han tenido la oportunidad de  ocupar el más alto cargo político México.


[1] Un ejemplo de esto es la entrevista que otorgó al diario El País de España el 24 de junio de este año: http://internacional.elpais.com/internacional/2012/06/24/actualidad/1340555031_314204.html

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Comunidad y Libertad de Expresión

“Only a government [society] that tolerates opinions and attitudes different from it’s own will be able to create an environment were peoples of diverse traditions and aspirations can breathe freely in an atmosphere of mutual understanding and trust.” Aung San Suu Kyi

 En días pasados el mundo se ha visto sacudido por el asesinato del Embajador de los Estados Unidos en Libia a manos de una turba enardecida por un video de mala producción y peor gusto que circula en internet[1], el cual fue producido en los Estados Unidos con el objeto de burlarse del Islam como religión y cultura. Esta lamentable cadena de eventos es una reedición de los problemas surgidos en 2004- con el asesinato del cineasta Holandés Theo Van Gogh en represalia por el documental “Submission”[2] así como las extendidas protestas y quejas por la publicación en el diario Danés “Jyllands-Posten” de una serie de caricaturas que se mofaban del Islam y, particularmente, de Mahoma[3].

Me parece impensable simpatizar con quienes reaccionan ante una opinión ó expresión que no gusta con un grado de violencia tal que lleva a la conformación de una turba asesina. Pero por otra parte, no puedo evitar sentir una profunda molestia con la insensibilidad de quien produce este último video. Ante este dilema surge la pregunta- tanto a nivel personal como a nivel comunitario (nacional e internacional): ¿cómo reaccionar ante esta constante ola de expresiones ofensivas y reacciones violentas?

Al abordar un asunto como el presente tenemos que ser cuidadosos, ya que se pone en el centro del debate la libertad de expresión que es un derecho humano básico para la protección y promoción de los demás derechos. En comunidades tan diversas y complejas como las que son la mayoría de los países actualmente, ¿es posible decir y/o expresar lo que se desea sin reparo alguno? En el contexto de un planeta que, cada vez más, es una comunidad ¿podemos expresarnos con tono derogatorio de las creencias de otros simplemente por que es lo que nosotros creemos?

La respuesta, en términos generales, es simple: sí, podemos. Si bien, existe la posibilidad de establecer ciertas restricciones a la libertad de expresión, estos casos son muy limitados[4] y deben de ser considerados con cautela para evitar caer en la censura injustificada.

Sin embargo, si en verdad buscamos construir una comunidad democrática,  tenemos que ser un poco más agudos. Es necesario asumir el hecho de que ciertas expresiones serán incomodas a pesar de ser legales. La democracia, la justicia- particularmente en una arena tan compleja como es la internacional- son asuntos que no pueden ser abordados meramente desde la perspectiva jurídica. Es necesario considerar las consecuencias de cada uno de nuestros pasos- especialmente ahora en que, gracias al internet, hasta el video peor producido puede convertirse en controversia internacional.

Un problema que, me parece, se ha profundizado en los últimos años es que número relevante de Estados (y de los ciudadanos que conformamos dichas naciones) caracterizados como democráticos hemos caído en la tentación de lo que llamare arrogancia democrática. En este sentido, en el afán por demostrar que nuestras sociedades son libres hemos caído en el error de considerar que el ejercicio de la libertad de expresión por el ejercicio mismo es una virtud. Hemos olvidado que el ejercer derechos es un medio para lograr un fin muy claro: una existencia en comunidad pacífica y en la cual se respeta la dignidad de la persona. Los derechos son para construir, no para dividir.

Una expresión clara de este problema está en los constantes choques entre la sociedad “occidental” y las sociedades Islámicas. El caso del reciente video y las caricaturas del periódico Danés son ejemplos de expresiones que no sirven para absolutamente nada, pero si generan una profunda división y alienación[5].

¿Cómo lidiar con esto?

Como ciudadanos de sociedades democráticas tenemos que acostumbrarnos a ejercer nuestra libertad de expresión con cierta reserva. Es necesario considerar que para construir una comunidad el respeto es fundamental y como tal, debe ser un elemento angular de nuestra perspectiva ciudadana.

Esto es algo que no se puede regular desde el Estado. La democracia no se construye solamente a partir de una serie de leyes y normas que llevan a una forma particular de conducir la vida de la sociedad- también depende de que cada individuo se responsabilice por la construcción y fortalecimiento de los vínculos comunitarios.

Actualmente, la idea de comunidad debe trascender las fronteras nacionales. Esto significa que al ejercer nuestra libertad de expresión debemos reconocer (aunque no digerir pasivamente) que no todos tienen la misma perspectiva democrática que nosotros.

Es indudable que a ciertas sociedades islámicas les queda un largo camino por recorrer en materia de derechos humanos, particularmente por lo que ve a la libertad de expresión. En quienes no entendemos el mundo de la misma forma- e incluso creemos que ciertas restricciones son nocivas- recae la responsabilidad de expresar nuestros puntos de vista de una forma respetuosa que provoque un diálogo constructivo.

Pero por otra parte, tenemos que ser humildes. En el corazón de todas las restricciones de corte religioso que existen en las sociedades islámicas existe un profundo sentido de religiosidad- y más, una conciencia de lo sagrado- que me parece que en nuestras sociedades occidentales se ha ido degradando. Al engancharnos en un diálogo no debemos olvidar que no estamos “enseñando” derechos a aquellos que no gozan de nuestras libertades, sino que en conjunto estamos buscando formas de convivencia  comunitaria.

En 2004 y 2005 se desdeñaron las reacciones islámicas a las ofensas percibidas como reacciones extremas y antidemocráticas. No pretendo justificar las reacciones que se han sucedido en Egipto, Libia y otros países (ni el asesinato de Theo Van Gogh o del Embajador Estadounidense) – me repulsa esta violencia sin sentido- pero antes de pontificar acerca de la importancia de la libertad de expresión deberíamos, aunque solamente sea por un momento, escuchar, sentir la indignación de los musulmanes ante la transgresión de lo sagrado.  Algo podríamos aprender.


[1] El video se encuentra disponible en esta dirección: http://www.youtube.com/watch?v=MAiOEV0v2RM

[2] El video se encuentra disponible en esta dirección: http://www.youtube.com/watch?v=sdvsFSYRgd4

[4] Las restricciones se encuentran contempladas en el párrafo 3 del artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, disponible aquí: http://www2.ohchr.org/spanish/law/ccpr.htm Asimismo, es necesario revisar la sección pertinente del Comentario General número 34 del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, disponible aquí: http://www2.ohchr.org/english/bodies/hrc/comments.htm (A partir del párrafo 21).

[5] El video de Theo Van Gogh es un caso aparte, ya que tenía por objeto denunciar un problema serio en ciertos círculos de ciertas sociedades Islámicas: la precepción de la mujer como un instrumento.

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Convenciones: La Política como Espectáculo

“Today the mass audience (the successor to the ‘public’) can be used as a creative, participating force. It is, instead, merely given packages of passive entertainment. Politics offers yesterday’s answers to today’s questions.

A new form of ‘politics’ is emerging, and in ways we haven’t yet noticed. The living room has become a voting booth. Participation via television in Freedom Marches, in war, revolution pollution, and other events is changing everything.”

Marshall McLuhan

En las últimas dos semanas tuvieron lugar en las ciudades de Tampa Bay y Charlotte, en los Estados Unidos las convenciones Republicana y Demócrata (respectivamente). Culmen del proceso de elección interna de cada partido político en estos eventos se anuncia y vota la plataforma política de cara a los comicios y se nomina al candidato para las elecciones presidenciales. Originalmente, estas eran reuniones llenas de emoción y “grilla” política, verdaderas competencias por las preferencias de los delegados- consideremos que Lincoln no era favorito para ser nombrado representante de su partido y fue hasta la tercera ronda de votación en que ganó.

En la actualidad las Convenciones siguen un guión cuidadosamente construido que tiene por objeto dar un espacio a los liderazgos emergentes para darse a conocer- sin opacar al eventual candidato- así como crear un foro en el cual el partido político puede transmitir un mensaje, sin interferencias, al electorado norteamericano. Estos eventos se basan en un equilibrio cuidadoso, se pretende agradar a la base- generalmente el espectro más radical del electorado- a la vez que se coquetea con los votantes indecisos- generalmente la sección moderada de la ciudadanía.

En  este sentido, las Convenciones se han convertido en grandes espectáculos- a donde asisten no solamente los delegados, sino también estrellas de Hollywood, cantantes, el grueso de los periodistas relevantes del país así como cientos de corresponsales extranjeros. La cobertura mediática es total, abarcando un buen trozo de los segmentos informativos de las principales cadenas de televisión. El análisis no solamente se hace sobre la plataforma y los discursos, sino sobre el vestido de la Primera Dama, la selección de canciones para los interludios, la cantidad de asistentes y del rating. La dependencia en la imagen impecable y en el “soundbite” se vuelve cada vez mayor y en ocasiones parece que se sacrifica la sustancia con tal de crear una impresión que se ajuste a las estrategias de los especialistas de comunicación política.

Esto indudablemente conlleva el gran riesgo de banalizar la política. Desde que John F. Kennedy derrotó a Richard Nixon en el primer debate televisado más por su imagen pulcra y joven que por la profundidad de sus argumentos, ha habido cada vez mayor presión por que los candidatos sea bien parecidos, hablen bien y se ajusten a un molde estético e imaginario sobre lo que se supone que debe ser el líder de los Estados Unidos. Esto se hace en perjuicio del contenido. George Bush (vaquero texano) le ganó la batalla estética a Al Gore (imagen “profesiorial”) por muchísimo- lo que a la postre fue fundamental para que estuviera en una posición para luchar en tribunales por la Presidencia.  Para decirlo de forma contundente, George Washington, John Adams, Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt a partir de la segunda mitad del siglo pasado no habrían podido ganar una nominación.

Sin embargo, es necesario reconocer que las Convenciones no son solamente grandes espectáculos que ayudan a enmarcar a un candidato y a un partido en un esquema construido para vender una postura política. También son aprovechadas- notoriamente las últimas dos (y en particular la del partido Demócrata)- para fortalecer el sentido de comunidad. En estos eventos cada partido, al detallar su forma de entender como funciona la sociedad estadounidense, relanzan el debate sobre los valores que hacen de los Estados Unidos eso, unos estados unidos. Hay una serie de discursos y pronunciamientos, en “prime time”, sobre lo que en la perspectiva de cada bando hace de nuestro vecino una nación diferente de las demás. Se genera un contraste constructivo respecto de las divergentes concepciones sobre la “idea” americana, el famoso “American Dream”. Y para esto, la clase política de los Estados Unidos hace el mejor uso de los medios de comunicación. Planteándolo en términos de Marshall McLuhan

“El poder tribalizante de los nuevos medios electrónicos, la forma en que nos regresan a los campos unificados de las viejas culturas orales, hacia patrones de pensamiento pre-individualistas y de cohesión tribal […] El tribalismo es la  conciencia de profundos vínculos de familia, la sociedad cerrada como la norma de la comunidad.”[1]

Debemos entender las Convenciones como ejemplos de lo mejor y lo peor de una sociedad hipermediatizada y ansiosa de espectáculos como es la norteamericana. Estas reuniones son muy útiles para que el electorado estadounidense cada cuatro años replantee el debate sobre la naturaleza de su sociedad, particularmente en momentos como el actual- en que los Estados Unidos están sumidos en una crisis de confianza importante. Desgraciadamente, este debate indudablemente se ve distorsionado por la efectividad con la que se crea una imagen que apela al imaginario del electorado. Y tampoco debemos desdeñar la advertencia oculta de McLuhan: el enfoque en la comunidad como una sociedad cerrada.

No se puede insular a la política de figuras imaginarias construidas para atraer. Sin embargo, se puede mitigar el efecto de la máscara cuando se le inserta algo de sustancia. La clave está en encontrar el equilibrio adecuado. Las convenciones en ocasiones auxilian en esta tarea. En otras ocasiones, como la ya mencionada primera elección de George W. Bush (y, argüiblemente, también la segunda), el fracaso es rotundo y la imagen priva sobre la sustancia. Sin embargo, la costumbre de debatir y reflexionar constantemente acerca de la naturaleza de la sociedad en que se vive s sumamente constructiva. Para, de nueva cuenta aludir a McLuhan, este intercambio de ideas hace que el ambiente en que nos movemos, nuestro ecosistema, se vuelva visible- como si el pescado se volviera consciente del agua en que nada.


[1]  “The tribalizing power of the new electronic media, the way in which they return us to the unified fields of the old oral cultures, to tribal cohesion and pre-individualist patterns of thought […] Tribalism is the sense of the deep bond of family, the closed society as the norm of community.”     Marshall McLuhan, “The Book of Probes.

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La Tarea del Presidente Electo: Construirse como Líder

“Yo deseo al Presidente Electo de México, éxito en su mandato. Y pido a todos los mexicanos que por encima de cualquier diferencia, lo apoyemos en lo esencial, porque sé muy bien que un Presidente, necesita la colaboración de todos para sacar a México adelante.” Felipe Calderón Hinojosa

Una de las características de todo sistema democrático es su particularidad- ninguna democracia es igual a cualquier otra, cada una se adapta a las circunstancias propias que le toca enfrentar. Sin embargo, me parece que, a partir de la experiencia de los diferentes sistemas se puede reseñar un perfil ideal para el líder de una democracia. Hace unos meses en la prestigiosa revista estadounidense The Atlantic James Fallows publicó un artículo sobre el Presidente Obama, y describió al Presidente (líder) ideal así:

 “Un Presidente necesita empatía e inteligencia emocional, para que pueda tener éxito en las negociaciones políticas con su propio partido así como con la oposición […] y en negociaciones cara a cara con líderes extranjeros quienes, si esto no fuera así, se alejarán manifestando la debilidad del presidente […] Tiene que tener confianza en sí mismo pero no ser arrogante; debe tener una mente abierta, pero no sujeta a la dirección del viento; debe ser decidido a la vez que tenga capacidad de adaptarse; debe tener una perspectiva histórica sin estar profundamente al tanto del presente; debe ser visionario, pero pragmático; debe ser disciplinado pero no mojigato ni rigorista. Debe tener buena condición física, resistente a enfermedades, y capaz de estar completamente alerta cuando el teléfono suene a las 3 de la mañana- sin embargo también debe ser capaz de dormir cada noche, a pesar de la tensión constante y sin auxilios químicos […] Idealmente, seria tan auto-consciente que, en el corazón de un sistema que lo trata como un Dios-Emperador, aún pueda reconocer sus propios defectos y tratar de compensarlos.”[1]

Algunas de estas características son innatas. Otras se pueden desarrollar a partir de un esfuerzo consciente. Idealmente, los ciudadanos sabríamos antes de la elección qué virtudes y defectos tiene cada candidato. Desgraciadamente, en el caso de nuestro país, y particularmente del triunfador de la elección, no conocemos esto ciencia cierta ya que la estrategia de campaña de Enrique Peña Nieto (argüiblemente, desde 2005) giró en torno a esconder al candidato lo más posible para evitar errores y así “administrar la ventaja”. Después de la elección, esta situación no ha cambiado. Si bien, se puede argumentar que la ausencia del entonces aparente candidato ganador se debe a que su triunfo no era oficial, ahora que el Tribunal Electoral lo ha declarado como Presidente Electo es necesario que Peña Nieto deje las  sombras y paulatinamente se asuma y comporte como lo que será por los próximos seis años: el líder del Estado Mexicano.

 Al realizar esta labor, Enrique Peña Nieto deberá actuar con cautela, ya que durante este período de “transición”- inusualmente largo en el caso de la democracia mexicana- el Presidente Constitucional paulatinamente perderá poder a la vez que él como Presidente Electo adquirirá cada vez más influencia y peso. Si este proceso no se maneja con cuidado, puede llevar a desacuerdos entre las dos administraciones, lo que complicará el inicio del nuevo gobierno. Sin embargo, no debe de eludir las oportunidades para asumir y ejercer el papel de liderazgo que le corresponde.

En este contexto, me parece que el Presidente Electo tiene la oportunidad de construir desde ahora su perfil de liderazgo – que le permita imprimir su sello al curso del país. Para esto, hay una tarea fundamental que deberá de realizar Enrique Peña Nieto en conjunto con su equipo y que definirá el estilo de liderazgo del ganador de los comicios pasados. Erwin Hargrove caracteriza la tarea de un líder de la siguiente forma:

“La tarea es reconciliar las actividades de la gente que trae intereses encontrados a la política pero cuya comunidad solamente puede ser sostenida si se aceptan los valores que sostienen en común y se relaciona entre ellos de una forma justa. La responsabilidad de los líderes políticos, entonces, es persuadir a los ricos acerca de  [la importancia de] las necesidades de los pobres y a los pobres [la importancia de] las contribuciones de los ricos. Esto se debe hacer a través de la política. El estándar de acción correcta en la comunidad política [polity] no está en solamente satisfacer cualquier reclamo que sea presentado al Estado, sino en considerar dichos reclamos en términos del bien común.”[2]

La labor de Enrique Peña Nieto como líder no será nada sencilla: en un contexto polarizado, en el cual se privilegian las consignas vacías y los “hashtags” sobre los argumentos, el Presidente Electo debe construir un discurso a partir del cual nos recuerde a los mexicanos cuáles son las razones que nos impelen a permanecer unidos como Estado. Debe invocar esos valores que hacen de México una comunidad nacional distinta de todas las demás. No se trata de caer en un híper-nacionalismo propagandístico que pretenda hacer olvidar nuestros problemas, sino de apelar a aquello que nos mantiene unidos, en oposición a subrayar aquello que nos divide.

Para lograr esto, el Presidente Electo tendrá que acercarse a aquellos grupos que no lo aprecian, incluso a aquellos que se niegan a reconocerlo como el nuevo líder de México, y escucharlos. Muy probablemente no podrá convencerlos de respetarlo, los ánimos están muy caldeados para eso. Pero sí debe esforzarse para incorporar algunas de las demandas de los opositores a su programa de gobierno- no con el afán de quedar bien sino por que su satisfacción redundará en beneficio para todos los mexicanos.

Por lo menos desde el año 2006 a los mexicanos se nos recuerda de forma constante acerca de los factores que nos dividen. Si Enrique Peña Nieto logra, a través de su ejercicio como líder del Estado Mexicano, mantener presente en el debate político aquello que nos une como comunidad, el sistema democrático mexicano- y por ende la sociedad-  se verán fortalecidos.


[1] ”A President needs empathy and emotional intelligence, so that he can prevail in political dealings with his own party and the opposition […] and in face-to-face negotiations with foreign leaders, who otherwise will go away saying that this president is ‘weak’ […] He needs to be confident but not arrogant; open-minded but not a weather vane; resolute but still adaptable; historically minded but highly alert to the present; visionary but practical; personally disciplined but not a prig or a martinet. He should be physically fit, disease resistant, and capable of being fully alert at a moment’s notice when the phone rings at 3 a.m.- yet also able to sleep each night, despite unremitting tension and without chemical aids […] Ideally he would be self-aware enough that, in the center of a system that treats him as Emperor-God, he could still recognize his own defects and try to offset them.”

[2] “The task is to reconcile the activities of people who bring separate interests to politics but whose citizenship can be sustained only if they accept the values they hold in common and treat one another in moral ways. The responsibility of political leaders, then, is to persuade the rich to respect the needs of the poor and the poor to respect the contributions of the rich. And this is to be done through politics. The standard of right action in the polity is not just satisfying whatever claims are made on the State, but assessing claims in terms of a conception of the good of all.”

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Crítica y Democracia: El Arte de No Ser Gobernado Tanto

Esta semana me crucé en la página de internet de la revista The New Yorker con un artículo acerca de la critica negativa en el arte y la literatura escrito por Richard Brody. El autor del artículo en cuestión plantea que la crítica negativa en el arte no es necesariamente mala. Sin embargo, precisa:

“La crítica negativa es tanto un requerimiento del sistema nervioso- incluso del alma- como es parte del trabajo de un crítico, una responsabilidad para con sus lectores. Pero el hecho de que así lo sea- la negatividad es abordada tanto para salvar la salud mental de uno como para poner el pan sobre la mesa- es una razón más para que los críticos sometan sus propios juicios a cuestionamiento, para que asuman sus propias reacciones como una parte crucial de lo que deben de considerar, reevaluar y someter a su escepticismo. Es crucial que los críticos reconozcan su actividad como la empresa individual que es. Si la crítica es conversión de la segunda (el juicio del crítico) en la primera, entonces el juicio debería, a su vez, ser juzgado. La crítica, si va a servir de algo, es en primera instancia, autocrítica.”[1]

Me parece que podemos trasladar el espíritu de este planteamiento a la crítica política y al debate público. Al cuestionar a un actor político, una propuesta de política pública o a una institución pública tenemos que ser cuidadosos de tener en cuenta que nuestra reacción al evento o actor que vamos a criticar debe ser integrada al proceso de análisis de la critica. Al respecto, Michel Foucault estableció que:

“La crítica [critique[2]] solamente existe en relación a algo distinto a sí misma: es un instrumento, un medio para un futuro o una verdad futura que no conocerá ni constituirá, supervisa un dominio que quisiera vigilar y que no puede regular. Todo esto significa que es una función subordinada en relación a lo que la filosofía, la ciencia, la política, el derecho, la literatura […]positivamente constituyen.”[3]

Si esto no se hace así, corremos el riesgo de que la crítica deje de ser un medio y se convierta en un fin en si mismo, lo que degrada la calidad del debate público. Me parece que en México tenemos un serio problema en este sentido. Una parte importante de la crítica política que se hace en nuestro país parece tener como objeto vender portadas de periódicos, no generar una reacción constructiva en la sociedad. Y cuando el objeto no es vender, el objetivo es desarticular la imagen de un rival político. Cuando se cuestiona al respecto, la respuesta estándar gira en torno a la libertad de expresión- lo cual tiene su parte de verdad, en un sistema democrático uno puede decir prácticamente lo que se le antoje. Pero  es importante subrayar que empaquetar un ataque o un cuestionamiento sin fundamento como crítica no lo convierte en critica auténtica propia de una democracia.[4]

Muchos de estos opinadores individuales- y los medios de comunicación desde la perspectiva empresarial- se han salido con la suya generando este debate público de bajísimo nivel (y haciendo eco del vergonzoso tenor de los miembros de nuestra clase política) debido a que los ciudadanos no solo hemos tolerado el chismorreo, sino que lo hemos consumido y replicado ávidamente.

Ahora que estamos por iniciar un nuevo sexenio- y particularmente a la luz de los duros cuestionamientos que se hacen sobre la legitimidad de la elección  y el desencanto generalizado con nuestro sistema político- los ciudadanos podemos hacer mucho por nuestra democracia si nos esforzamos por privilegiar la crítica auténtica que se construye como un medio para fortalecer a nuestra comunidad.

Esta no es una tarea sencilla. Reconocer la crítica honesta- y hacer juicios críticos certeros y objetivos- es algo que requiere mucha práctica y aprendizaje continuo. Es, en cierto sentido, un proceso de prueba y error. Como lo establece Richard Brody:

“No existe un método único para practicar [yo agregaría, reconocer] la crítica, ninguna técnica para prescribir, ni un tono único para recomendar […] Es un asunto de sensibilidad y sensitividad.”[5]

Sin embargo, me parece que podemos aproximarnos a este ejercicio desde la simple- pero no sencilla- definición de crítica que planteaba Foucault, que en alguna ocasión la caracterizó como “el arte de no ser gobernado tanto”[6] y abundó,

“Crítica significa poner sobre la mesa derechos universales e incontrovertibles frente a los cuales todo gobierno, cualquiera que sea […] debe someterse. […] es el movimiento por el cual el sujeto se da el derecho de cuestionar la verdad en sus efectos de poder y cuestionar al poder sobre sus narrativas [discourses] de la verdad.”[7]

De nueva cuenta, esta no es una tarea fácil. Ni es una tarea homogénea. Pero es una tarea que urge en el contexto de nuestro sistema democrático. Y es también de suma importancia que no dirijamos nuestra crítica tan solo a los actores políticos. Me parece que es tiempo de que cuestionemos también a los críticos. Como ya hemos visto, sus juicios también deben ser sujetos de crítica- especialmente cuando la autocrítica brilla por su ausencia. [8]

Quienes pretenden generar tendencias de opinión no pueden ser ajenos al escrutinio de los ciudadanos. Pero este escrutinio debe hacerse con cuidado, para evitar caer en la tentación de la censura. Hacer crítica no es silenciar.

Finalmente, quisiera cerrar con una nota de precaución:

“[…] es ingenuo pensar que las observaciones negativas no tienen un efecto en la psique o en la carrera de los artistas [en nuestro caso, actores políticos, opinadores e instituciones], por lo que los críticos deberían considerar lo que conlleva recuperarse de las heridas que provocan antes de infligirlas.”[9]


[1] “Negative criticism is as much an obligation of the nervous system—indeed, of the soul—as it is a part of the critics’ job, a responsibility to readers. But the fact that it is so—that negativity is undertaken both to save one’s sanity and to win one’s bread—is all the more reason for critics to submit their own judgments to questioning, to take their own reactions as a crucial part of what’s under their own consideration, reëvaluation, and skepticism. It’s crucial for critics to acknowledge their activity as the personal enterprise that it is. If criticism is the turning of the secondary (the critic’s judgment) into the primary, then the judgment should, in turn, be judged. Criticism, if it’s worth anything at all, is, first of all, self-criticism.”

[2] En el presente texto, al escribir “crítica” me referiré al vocablo en inglés “critique” que es diferente de “criticism” distinción que, hasta donde tengo entendido, no se hace de forma tan contundente en el idioma español.

[3] “Critique only exists in relation to something other tan itself: it is an instrument, a means for a future or a truth that it will not know nor happen to be, it oversees a domain it would want to police and is unable to regulate. All this means that it is a function which is subordinated in relation to what philosophy, science, politics, law, literature, etc. positively constitute.”

[4] Un buen ejemplo de esto es el “cuestionamiento” de Carmen Aristegui a Los Pinos sobre el supuesto alcoholismo del Presidente Calderón- en donde la periodista asume como propia la duda, pero no solo no aporta pruebas, sino que arroja la carga de la prueba al acusado de alcoholismo. El video del cuestionamiento puede ser consultado aquí: http://aristeguinoticias.com/el-comentario-de-aristegui-sobre-la-salud-de-calderon-que-crispo-a-los-pinos/

[5] “There’s no particular method for practicing criticism, no technique to prescribe and no tone to recommend […] It is a matter of sensibility and sensitivity.”

[6] “I would therefore propose, as a very first definition of critique, this general characterization: the art of not being governed quite so much.”

[7] “Critique means putting forth universal and indefeasible rights to which every government, whatever it may be […] will have to submit. […] I will say that critique is the movement by which the subject gives himself the right to question truth on its effects of power and question power on its discourses of truth.”

[8] Indudablemente, la labor crítica de los ciudadanos debe empezar y terminar siempre con la autocrítica.

[9] “[…]it’s näive to think that negative reviews have no effect on artists’ psyches or careers, and critics should consider what it takes to recover from wounds before igniting them.”

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La Segunda Enmienda y la Relación del Pueblo Americano con las Armas.

“A well regulated militia, being necessary to the security of a free State, the right of the people to keep and bear arms, shall not be infringed.”

Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos.

 La masacre en un cine en Estados Unidos ha impulsado un nuevo debate acerca sistema de regulación de armas de fuego en dicho país el (caracterizado por ser extremadamente laxo). En este contexto creo que es importante tratar de comprender el panorama cultural en el cual se ha gestado esta red de normas jurídicas que se destacan por su permisividad. En el presente texto trataré, por una parte, de delinear el paradigma dentro del cual se desarrolla esta relación con las armas de fuego; en segundo lugar, esbozaré la interpretación que ha hecho la Suprema Corte sobre la Segunda Enmienda.

 I

 Uno de los elementos centrales en la construcción de la idea de los Estados Unidos es que esta nación es una “atalaya sobre un cerro”[1] que serviría como guía y ejemplo para las demás naciones que pretenden ser libres y democráticas. Una distinción fundamental que se construye en el seno del ideario americano radica en que en el territorio de las Trece Colonias los individuos se asumían como ciudadanos mientras que en Inglaterra los individuos se permitían ser súbditos del rey.  Este contraste- artífice ideológico de la ruptura de la nueva nación con su antigua colonizadora- se basaba, entre otras cosas, en la posesión de armas. Al respecto, encontramos que Richard Price establece:

 “Los Estados libres deben ser cuerpos de ciudadanos armados con regulaciones adecuadas, y bien disciplinados y siempre preparados para salir, cuando debidamente convocados, para ejecutar las leyes, sofocar motines y mantener la paz. Tales son, si estoy bien informado, los ciudadanos de América […] Inglaterra, de hecho, consistiendo como lo está de habitantes desarmados, y amenazada como lo está por sus ambiciosos y poderosos vecinos, no puede esperar mantener su existencia mucho después de volverse abierta a invasiones al perder su superioridad naval.”[2] (Énfasis añadido)

De lo anterior se desprende claramente que la ciudadanía se encontraba ligada a la posesión de un arma para la defensa personal y del Estado.  Si bien, esta no es una idea original de las Trece Colonias- Maquiavelo planteaba la idea del ciudadano-guerrero- es en la naciente república en dónde esta idea es uno de los pilares de la base que construyeron la nueva nación.

Si bien hoy en día esta idea nos puede parecer ajena al ideal democrático, es necesario considerar que Estados Unidos siendo en sus orígenes una sociedad agrícola- que ocupaba una extensión de tierra considerable (con una tendencia a expandirse) y una población ínfima- requería que sus habitantes tuvieran armas para defenderse de los peligros de la naturaleza y los ataques de los mal llamados “indios”. Por otro lado, el temor de un posible intento de reconquista, así como el recelo que la población Americana ha tenido hacia el gobierno a partir de su experiencia bajo el mando de la Casa Real de Inglaterra- que llevó incluso a plantear la posibilidad de no contar con ejército regular-, justificaban la necesidad de contar con elementos de defensa sostenidos en la ciudadanía (lo que es generalmente conocido como milicia).  Al respecto, en el caso U.S. v. Miller (307 U.S. 174) la Suprema Corte asegura que

“La concepción de aquellos tiempos se encontraba fuertemente inclinada en contra de los ejércitos regulares, la idea común siendo que la defensa del país y de las leyes debería ser asegurada a través de la milicia- primordialmente civiles, soldados ocasionales.” [3]

A lo largo de la historia de los Estados Unidos la imagen del “self- made man” ha sido celebrada como el arquetipo del ciudadano digno de la República. Generalmente,  empuñada por estos grandes hombres- de una ú otra forma- hay un arma. Aquellos que se fueron a conquistar el mítico oeste o los veteranos de guerra siempre han sido celebrados como quienes constituyen la columna vertebral de las otrora Trece Colonias. Esta relación cuasi-sentimental con las armas ha permeado hasta nuestros días, con diferentes matices y momentos definitorios. En 1968, por ejemplo, a raíz de los asesinatos de los Kennedy y de Martin Luther King se permitieron ciertas restricciones y controles en el comercio de las armas. Pero nunca ha existido una limitante definitiva, como sucedió-por citar un caso- con el alcohol.

 Sin embargo, una anomalía existente nuestros tiempos- surgida y desarrollada como consecuencia de la evolución de una sociedad agraria a una urbana e industrializada- es que se ha puesto excesivo énfasis en la segunda parte de la enmienda (“the right of the people to keep and bear Arms, shall not be infringed”) en perjuicio de la enmienda entera. Existe una distorsión cultural sobre el alcance y motivo de la Segunda Enmienda- construyéndose la noción de que “hay un derecho a la posesión de armas”. Al respecto, Joseph Story uno de los primeros- y más respetados- comentaristas del Derecho Estadunidense advirtió lo siguiente:

“El derecho de los ciudadanos para poseer y portar armas ha sido correctamente considerado como el paladio de las libertades de una república ya que ofrece un sólido balance moral en contra de la usurpación y ejercicio arbitrario del poder por parte de los gobernantes; y generalmente permitirá a los ciudadanos, aunque no necesariamente en primera instancia, a resistir y triunfar sobre ellos. A pesar de que esta verdad parecería tan clara, y luciría tan cierta, no puede ser negado que entre el pueblo Americano hay una creciente indiferencia hacia cualquier sistema de disciplina de milicia y una fuerte disposición, desde una consideración de sus cargas, de liberase de todo tipo de regulaciones. Como funcionará mantener gente armada sin cierta organización, es difícil de ver. Hay ciertamente un peligro nada desdeñable de que la indiferencia llevará al disgusto, y el disgusto al desprecio, paulatinamente minando toda protección pretendida por esta clausula de nuestro catalogo de derechos.”[4]

 Hoy esta distorsión es promovida y reforzada por el famoso “lobby” de las armas- materializado en la funesta Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés). Alrededor de esta cultura de las armas se ha construido toda una industria y un estilo de vida que no será fácil modificar, aún frente a hechos tan horripilantes como el de hace unos días- o tantos otros que han sucedido en la última década y media.

 II

Por lo que respecta a la interpretación de la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, ésta es una de las que menos embates ha sufrido ante los tribunales y por tanto son pocas las decisiones de la Suprema Corte de Justicia que han recaído al respecto. Sin embargo, recientemente se dictó un fallo fundamental que (re)interpreta la enmienda en cita.

 El primer caso verdaderamente relevante argumentado ante la Suprema Corte sobre esta enmienda es U.S.  v. Miller[5]. Los hechos consisten en que un par de individuos cruzaron de Oklahoma a Arkansas un arma sin tenerla debidamente registrada. Al respecto, la Corte estableció que no existía violación de la Segunda Enmienda al requerir que se registrara el arma en cuestión,  toda vez que no se comprobó que la posesión del arma en cuestión se encontrara relacionada con actividad de milicia. Al respecto, el pasaje de la opinión que es relevante es el siguiente:

 “La Constitución como fue adoptada originalmente otorgó al Congreso el poder – ‘Para proveer el llamado de la Milicia con el objeto de ejecutar las Leyes de la Unión, suprimir insurrecciones y repeles invasiones; para proveer la organización, provisión de armamento y disciplina de la Milicia y para dirigir cualquier cuerpo de ésta que sea empleada en el servicio de los Estados Unidos, reservando a los Estados el nombramiento de oficiales y la autoridad para entrenar la milicia según lo prescrito por el Congreso.’ U.S.C.A. Const, art.1, 8. Con el claro objeto de asegurarse de la permanencia y hacer factible la efectividad de dichas fuerzas la declaración y garantía de la Segunda Enmienda fueron planteadas. Es bajo esta perspectiva que debe ser interpretada y aplicada.[6] (Énfasis añadido)

 Esta interpretación no fue cuestionada ni combatida hasta el año 2008 con la decisión D.C. et. Al. v. Heller[7]. Este caso surge de una demanda en contra de un par de leyes del Distrito de Columbia que de manera indirecta prohibían la compra de armas en el territorio del distrito. En la decisión se ignora el fallo de Miller- al reducirlo a un argumento sobre un tipo especifico de arma- y elabora un sofisticado planteamiento que parte la Segunda Enmienda en dos. Se califica la primera parte- “A well regulated militia, being necessary to the security of a free State”- como cláusula “preliminar” (prefatory) y a la segunda parte- “the right of the people to keep and bear arms, shall not be infringed”- como cláusula “operativa”. A partir de lo anterior, la nueva interpretación de la Corte es inequívoco:

 “La Segunda Enmienda protege el derecho del individuo a poseer armas de fuego sin conexión alguna con el servicio en una milicia, y a utilizar dichas armas para objetivos tradicionalmente legales, tales como defensa propia en casa.”[8]

 En este sentido, es claro que la interpretación se ha ajustado a la distorsión cultural que priva en el imaginario de la población de los Estados Unidos sobre la posesión de armas. Cass Sunstein sostiene que la propia Corte se encuentra ligada al contexto en el que emite la decisión, aun cuando éste no sea uno de los criterios que deberían ser utilizados para emitir sus fallos. En el año 2010 se da un nuevo fallo- McDonald et. Al. v Chicago[9] que- ante regulaciones sobre la posesión de armas en Chicago- se limita a ratificar el fallo de Heller.

 **

Ante el panorama cultural y la interpretación jurídica que se da a la Segunda Enmienda me parece que es claro que un ajuste a las leyes y regulaciones en materia de compra y posesión de armamento en los Estados Unidos no es realista en el momento actual. Los reportes de que las ventas de armas subieron un 40% en el estado de Colorado después de la masacre de Aurora son bastante indicativos de el estado emocional de la población estadounidense. Desgraciadamente, se desoye la advertencia de Joseph Story que al pasar de las masacres parece cada vez más acertada.


[1] La expresión en inglés es “beacon upon a hill”.

[2] “Free States ought to be bodies of armed citizens well regulated, and well disciplined, and always ready to turn out, when properly called upon, to execute the laws, quell the riots and to keep the peace. Such, if I am rightly informed are the citizens of America […] Britain, indeed, consisting as it does of unarmed inhabitants, and threatened as it is by ambitious and powerful neighbours, cannot hope to maintain its existence long after becoming open to invasion by losing its naval superiority.” Richard Price en “Observations on the Importance of the American Revolution”, citado en Shalhope, Robert E. “The Ideologial Origins of the Second Amendment.”, http://www.cwsl.edu/content/belknap/The%20Ideological%20Origins%20of%20the%20Second%20Amendment.pdf

[3] “The sentiment of the time strongly disfavored standing armies, the common vie was that adequate defense of country and laws could be secured through the militia- civilians primarily, soldiers on occasion.”

[4] “The right of citizens to keep and bear arms has justly been considered, as the palladium of the liberties of a republic; since it offers a strong moral check against the usurpation and arbitrary power of rulers; and will generally, even if these are successful in the first instance, enable the people to resist and triumph over them. And yet, though this truth would seem so clear, and would seem so undeniable, it cannot be disguised, that among the American people there is growing indifference to any system of militia discipline and a strong disposition, from a sense of its burthens, to be rid of all regulations. How is it practicable to keep the people duly armed without some organization, it is difficult to see. There is certainly no small danger, that indifference may lead to disgust, and disgust to contempt, and thus gradually undermine all the protection intended by this clause of our national bill of rights.” Citado en Shalhope, Robert E. “The Ideologial Origins of the Second Amendment.”, http://www.cwsl.edu/content/belknap/The%20Ideological%20Origins%20of%20the%20Second%20Amendment.pdf

[6] “The Constitution as originally adopted granted to the Congress power- ‘To provide for calling forth the Militia to execute the Laws of the Union, suppress Insurrections and repel Invasions; To provide for organizing, arming, and disciplining, the Militia, and for governing such Part of them as may be employed in the Service of the United States, reserving to the States respectively, the Appointment of the Officers, and the Authority of training the Militia according to the discipline prescribed by Congress.’ U.S.C.A.Const. art. 1, 8. With obvious purpose to assure the continuation and render possible the effectiveness of such forces the declaration and guarantee of the Second Amendment were made. It must be interpreted and applied with that end in view.”

[8] “The Second Amendment protects an individual’s right to possess a firearm unconnected with service in a militia, and to use that arm for traditionally lawful purposes, such as self-defense within the home.”

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El Problema de la Confianza Social y la Represión

 

“Trust is the expectation that arises within a community of regular, honest and cooperative behavior, based on commonly shared norms, on the part of the other members of that community. Those norms can be about deep ‘value’ questions like the nature of God or justice, but they also encompass secular norms like professional standards and codes of behavior.” Francis Fukuyama

Un problema serio en el desarrollo de nuestro sistema democrático es la falta de confianza en nuestras instituciones y en nuestra sociedad en general. Este fenómeno que surgió durante el transcurso del régimen de partido único como consecuencia del constante debilitamiento el papel de la Ley como elemento nivelador a favor de quienes que ocupaban una posición de poder, no ha sido combatido de manera efectiva a raíz del fin del unipartidismo. Al respecto en un artículo publicado en el Washington Post hace unos meses se subrayó lo grave que es este problema:

“La brecha de confianza en México es considerada especialmente amenazante ya que el país lucha para evitar que los poderes corruptores de narcotraficantes multimillonarios continúen debilitando la democracia y el estado de derecho. Si los mexicanos no confían en la policía o sus líderes políticos y tienen demasiado recelo de otros mexicanos para unirse a campañas ciudadanas y movimientos sociales no habrá nadie a quién recurrir, coinciden los especialistas.”[1]

Traigo esto a colación por que a partir de la marcha organizada por el movimiento #YoSoy132 el domingo pasado trascendió la versión de que en la ciudad de León, Guanajuato la marcha enfrentó intentos de represión por parte de la Policía Municipal. Hay dos aspectos de esta acusación de represión sobre las que me gustaría reflexionar.

 I

Al respecto de la supuesta represión aparecieron una tercia de videos que presuntamente demostrarían los intentos por reprimir la manifestación en cita. Desde mi perspectiva, lo que en dichos videos se aprecia es que los policías- de conformidad a lo establecido en el Reglamento de Policía de Municipio de León- impelen a los manifestantes a que marchen por la banqueta para así no obstruir la vialidad. También se aprecia como detienen a algunos manifestantes que se niegan a cumplir con las instrucciones de los policías. Algunos manifestantes se oponen a la detención lo que genera algunos roces que podrían interpretarse como brutalidad policíaca, aunque me parece que no es el caso. Este hecho ( la exigencia de la Autoridad que se cumpla con un mandato legal) es interpretado como represión.[2]

Me parece que la denunciada represión no es tal. Al respecto, el Reglamento de Policía del Municipio de León establece en su artículos 13 fracción VI y 19 lo siguiente:

 

ARTÍCULO 13.- Son faltas o infracciones contra el bienestar colectivo: […]

VI.- Impedir o estorbar el uso de la vía pública; […]”

  “ARTÍCULO 19.-La Policía Municipal se considera como un cuerpo preventivo, persuasivo antes que represivo […] por lo que se abstendrá de detener a persona alguna por las infracciones señaladas en este Reglamento, salvo que se trate de una falta o infracción flagrante, o sea, que se sorprenda al infractor en el momento de estarla cometiendo.”

De lo anterior parece desprenderse que quienes marcharon en la calle cometieron una  infracción al Reglamento de Policía y quienes fueron detenidos, lo fueron por ser sorprendidos en flagrancia- es decir por estar impidiendo o estorbando el uso de la vía pública en presencia de un elemento uniformado.[3]

Es importante entender que la represión supone una limitación del ejercicio de los derechos de los ciudadanos sin causa justificada ni fundamento legal que se logra comúnmente a través de “la coerción violenta de la conducta de las personas por el gobierno a través de sus aparatos de fuerza”[4] (para poner esto en perspectiva consideremos el artículo 29 de la Constitución que plantea la suspensión de ciertas garantías individuales en ciertas situaciones específicas). En el caso que nos ocupa no creo que haya existido una limitación injustificada del ejercicio de derechos- i.e. a la manifestación y expresión de ideas. La Policía se limitó a aplicar el Reglamento pertinente.

Quienes consideran que los actos de la Policía de León fueron represivos tendrían que explicar por qué la exigencia de cumplir la ley por parte de una Autoridad debidamente facultada y la realización de una manifestación sobre la banqueta- en oposición a una manifestación en la vía construida para el tránsito de automóviles- vulnera la libertad de expresión y manifestación.

 Ante  este cuestionamiento recibí la siguiente respuesta en Facebook:

 “¿Pedirles que se suban a la banqueta? Creo que no vi bien, este junto con los otros videos muestran que los manifestantes se alinearon para ocurrir un solo carril, ¿dónde queda nuestro derecho a la libertad de expresión?, ¿a manifestarnos en la calle?., a la visibilidad y crítica, ¡Qué indignante! […] Sí compañero, la ley, entiendo tu postura. Aunque no la comparta.”

De lo anterior se desprenden dos elementos que me parecen problemáticos. En primer lugar, mi interlocutor supone que solamente se puede manifestar libremente si lo hace sobre la calle- i.e. provocando una molestia que haga visible la protesta. Si bien desde el punto de vista de estrategia- la notoriedad de la marcha- ciertamente ésta se puede ver limitada al no provocar molestias a la población general o al no aparecer tan extensa, considero que este no debe ser el punto de partida para dimensionar un derecho. No es obligación del gobierno garantizar que una marcha sea visible o que los demás ciudadanos atendamos  los reclamos de los marchantes- esa es responsabilidad de los marchantes, y lo tienen que logar en el marco de la legislación establecida para ello.

 Por otra parte, me preocupa el final: “[…] la ley, entiendo tu postura. Aunque no la comparta.” Parece que se parte del supuesto que “la ley” es una postura, tan válida como cualquier otra, y que por lo tanto el respeto a la legislación vigente es debatible. Se sugiere que la ley es una molestia que habrá que considerar aunque no necesariamente respetar.

Hace unos días argumenté en este mismo blog que la desobediencia civil es una forma democrática de actuación que supone fidelidad a la ley- pero para que esto sea así se presupone que hay una aceptación previa de la sanción que recaerá por la infracción de alguna disposición legal. La reacción ante las detenciones en el municipio de León revelan que no solamente no hay una aceptación de la sanción, sino que se asume como derecho ignorar la legislación cuando se tiene un agravio percibido como legítimo.

 El movimiento #YoSoy132 se ha perfilado como un movimiento que pretende defender a la democracia mexicana de la llamada “imposición” de Enrique Peña Nieto como Presidente de México. Pero parece ser que lo que no queda muy claro a algunos integrantes de este movimiento es que para defender la democracia lo primero que se tiene que hacer es actuar de forma democrática. Un elemento fundamental de la actuación democrática el respeto al marco legal.  El respeto por la Ley no debe estar sujeto a debate. Es una precondición para la vida en una comunidad que se pretende democrática.

Sí las marchas se hacen al margen de los acuerdos que como sociedad hemos consagrado en la legislación vigente, se mina la confianza social, debilitando en el proceso al sistema democrático. En la coyuntura actual, el movimiento #YoSoy132 y el Frente que encabeza tienen la oportunidad de poner el ejemplo a través de protestas que no solamente transmitan un mensaje de inconformidad, sino que construyan lazos de confianza entre los ciudadanos. Me parece que harán un gran servicio al país- y a sí mismos- si comienzan por cuidar detalles aparentemente pequeños como respetar los Reglamentos de Policía en los municipios en que se marche (eso aumentaría la visibilidad de las marchas en forma exponencial al ser la excepción en el proceder de las marchas en México- que a veces parece que compiten entre ellas por ver cual hace más complicado el tránsito en las ciudades). Sentarían un precedente valioso para futuras manifestaciones: expresar agravios en una democracia no justifica afectar o incomodar a terceros.

 Es importante señalar que cuestionar la forma en que se realizan las marchas no es equiparable a impugnar los motivos que provocan la necesidad de manifestarse. No se puede desdeñar al Frente aglutinado en torno al movimiento #YoSoy132. Han manifestado agravios reales y tangibles producto de las fallas de nuestro sistema democrático en su faceta electoral, los cuales deben ser atendidos por las autoridades facultadas para ello. Sus marchas son eventos en que se expresan y manifiestan sus inconformidades. Sin embargo, el hecho de que el proceso electoral pasado haya sido imperfecto no implica que quienes se manifiesten inconformes con los resultados tengan derecho a infringir la legislación vigente bajo el argumento de “estoy denunciando abusos y manifestando agravios.”

 II

Por otra parte me preocupa que se clame “!Represión!” ante el menor acto de Autoridad ejercido. Si bien, existen motivos y antecedentes suficientes para desconfiar de las autoridades en México- particularmente de los cuerpos de Policía- si queremos construir una democracia sólida tendremos que empezar por consolidar un capital de confianza en nuestras instituciones. Quejarse de represión por el ejercicio de cualquier acto de Autoridad solamente contribuirá a debilitar a las instituciones.

 Es nuestro deber reconvenir a las Autoridades cuando actúan mal- pero también tenemos que asumir nuestro papel en la construcción de la confianza social necesaria para que la democracia funcione de forma adecuada. Es fundamental que aceptemos la legitimidad de los actos de autoridad- cuando estos estén debidamente fundados y motivados. En el caso de la manifestación de León, los policías actuaron conforme al Reglamento de Policía, y si bien, se podría cuestionar la pertinencia de la estrategia desplegada, me parece que no se puede cuestionar la legitimidad del acto. Tenemos que entender que así como nosotros deberíamos esperar que los policías se comporten con propiedad, los policías asumen que nosotros reconocemos que ellos son la Autoridad competente para observar que se respete el marco legal.

No se trata de darle un cheque en blanco al Gobierno, sino de encontrar el equilibrio necesario entre la construcción de confianza en las instituciones  y el escepticismo ciudadano que requiere toda democracia para evidenciar las fallas del sistema. Desde mi perspectiva la balanza se encuentra peligrosamente inclinada hacia el lado del escepticismo- cuando este es el caso lo que priva es la desconfianza.

Debemos de ser cuidadosos de no perder el sentido de la proporción. En 1968 los estudiantes marcharon, y fueron masacrados en una plaza pública. En 2012 marcharon, y les pidieron que se subieran a la banqueta. Ante esto debemos reconocer que sin duda hemos avanzado. Demos un paso atrás y valoremos cuánto hemos madurado como sociedad. Y también consideremos el largo camino que nos falta por recorrer- y la importancia de que en todo momento debemos esforzarnos por generar confianza en los demás a partir del respeto al marco normativo vigente.


[1] Traducción realizada por el autor. Se incluye la versión original para cotejo. “Mexico’s trust gap is considered especially threatening as the country struggles to keep the corrupting powers of billionaire drug cartels from further undermining democracy and the rule of law. If Mexicans don’t trust police and political leaders, and they’re too wary of fellow Mexicans to join citizen campaigns and social movements, scholars say, there may be no one left to turn to.”

[3] Existe un cuarto video que muestra a los marchantes transitando libremente por una calle sin molestia alguna, disponible aquí: http://www.youtube.com/watch?v=_ONcvnMuE5E Es importante considerar que, en ciertos casos (una marcha por ejemplo) una aplicación ciega de la ley no es posible, por lo que debe existir cierta flexibilidad en el ejercicio de las facultades de Autoridad. De los cuatro videos referidos es claro que esta aplicación flexible se dio- en una avenida de 6 carriles se pidió a los manifestantes que se subieran a la banqueta, en calles más pequeñas no fue el caso.

[4] Borja, Rodrigo. “Represión”, en ENCICLOPEDIA DE LA POLÍTICA- Tomo II (H-Z), pg. 1205. Fondo de Cultura Económica. México, 2003.

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